Irreconciliables 2017 · VI Edición

Carmen G. de la Cueva

Carmen G. de la Cueva nació en Alcalá del Río, un pueblo mediano de Sevilla en 1986. Desde niña supo que quería viajar por el mundo y por los libros. Se licenció en Periodismo y Literatura Comparada por la Universidad de Sevilla. Ha realizado estancias académicas con sendas becas en la Universidad de Braunschweig (Alemania), la Universidad Nacional Autónoma de México, la Embajada de España en Praga y el Instituto Cervantes de Londres. Ha sido bibliotecaria en el Cervantes, librera en Londres y Sevilla y detective libresca por las más extrañas y curiosas librerías y bibliotecas de media Europa. La lectura la salvó del rendido momento de peligro que oprime corazón y pulmones. Después de pasar cuatro años en el extranjero, volvió de nuevo al pueblo y desde allí armó La tribu, una comunidad virtual dedicada a la literatura escrita por mujeres el feminismo. También fundó La señora Dalloway, una editorial feminista, junto a Ángelo Néstore y Martín de Arriba. Ha organizado la I Convivencia Feminista de La tribu en el CICUS (Sevilla), los encuentros “La tribu en Barcelona, Madres e hijas: una genealogía poética”, “Un cuarto propio para La tribu”, “La revolución del lenguaje poético: voces jóvenes en La tribu” y el “I Festival de Cultura Feminista de La tribu”. Vive en Sevilla y colabora con ABC Cultural, CTXT y El Salto. Ha publicado el ensayo autobiográfico Mamá, quiero ser feminista (Lumen, 2016) que va por la quinta edición.

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http://www.latribu.info

@CarmenG_Cueva


La casa muerta

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(Nacieron seis hijos. Uno de ellos, muerto. Sus padres dejaron este mundo hace muchos años. Sus hermanos, todos varones, habían muerto aplastados por el peso de una casa demasiado vieja; por terribles enfermedades que habían ido comiéndose sus órganos, uno a uno. Ahora quedan solo las dos hermanas. Y el fantasma del padre vagando de noche por los zaguanes. Habla ahora la hermana pequeña, la que vio al padre en la celda):

Esta voz que me tiembla, padre, es la voz que vuelve del olvido
todos vuestros huesos están en la tierra, yacen ahí,
bajo la sombra de un árbol nuevo y en un torpe intento por alcanzaros
sujeto el barro entre mis dedos y os convoco
las palabras reposan ante tu tumba
aquí se detiene la existencia del mundo
los pasos me llevan hasta ti, padre,
pero mi hermana posa un dedo sobre mis labios
y me pide que calle–qué deseo este
de querer recordarte–
hubo miedo y hubo llantos cuando las manos tuyas
–ásperas y arrugadas manos– se perdieron
y a la deriva quedamos nosotros
tus hijos vivos, tu hijo muerto, madre
y las semillas en el poyete aquel de la cuadra
esperando un instante tuyo para ser
cuando regresaste muchos años después,
no había árboles ni semillas ni tampoco rosales en los arriates
solo la tierra yerma y seca que olvidó lo que fue la vida
entonces no entendí nada, padre
–que estábamos solos, desterrados–
madre con la cabeza pelona, nosotros, tus hijos,
obligados a dejar la escuela por la que tanto peleaste
–solos, desterrados–
recuerdo que había un anciano con nosotros –el abuelo Pepe–
que hizo lo que pudo por sacar la poca leche que a la vaca le quedaba
y también recuerdo que llegaron ellos
y nos sacaron a la calle como perros, a todos tus hijos
–solos, desterrados– y se llevaron los libros, padre
y te quemaron el coche en la plaza del pueblo
para que todos vieran lo que se les hacía a los rojos
¿recuerdas aquel muchacho, padre?
el muchacho aquel que vivía en la cilla, lo cogieron entre unos cuantos
y lo ahorcaron en la puerta de su casa
yo no pude verlo, padre
pero me acuerdo que me asomé a las rendijas de la persiana y desde ahí vi cómo lo arrastraban por el suelo –muerto ya–
su madre lloraba y lloraba
estábamos solos, padre, solos y desterrados.