Ismael Diadié (Mali)

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Irreconciliables 2016 · V Edición

Ismael Diadié Haidara (Tombuctú, 1957). Nace en 1957 en la ciudad de Tombuctú, norte de Malí, en una familia ligada a la administración colonial. Se educa en la escuela occidental francófona y bajo la tradición sonray del delta del Níger, donde pasa las vacaciones con la familia materna. Cursa estudios de poesía y dramaturgia en el instituto para las artes de Bamako, INA, participando en el activismo universitario que en las calles derrotó el régimen de Keita, por medio de una serie de escritos desengañados con la aplicación del marxismo. Poco más tarde, guiado por su padre, abandona la lírica para centrarse en la historia de las relaciones culturales con España, a raíz de lo cual conoce y es invitado por numerosos catedráticos a dar conferencias por la península. El año 1999, recién terminada la guerra tuareg y con plena hambruna en el Sahara, reunifica el legado familiar perdido durante un siglo, una biblioteca de manuscritos medievales que, desde entonces, se esfuerza por conservar. Conocido en círculos académicos como historiador, en 2006 se destapa como poeta retomando su primera vocación con Las lamentaciones del viejo Tombo, publicado por la Diputación Provincial de Málaga en la colección maRemoto. Actualmente continúa publicando en castellano y francés, mientras alcanza acuerdos para digitalizar e instalar los manuscritos en Toledo, Córdoba y Jerez.


Une cabane au bord de l´eau (Fragmento. Traducción autorizada)

Recuerdo.

Cuando era niño, aquí en Tombuctú me gustaba esconderme en el gran barreño de mi madre. Metía la cabeza entre sus sábanas y cerraba los ojos; así en el tonel soñaba en esos infinitos campos de trigo donde me ponía a correr solo como un caballo salvaje en la llanura. Ahora no quiero ser sino una piedra oscura y perdida en el desierto, una piedra sin nostalgia y sin esperanza, indiferente a los vientos de arena, a la soledad y la lluvia, indiferente a la comedia de la ciudad y a la odisea, una piedra oscura perdida en el desierto. Todos los hombres buscan un puerto, pero yo no veo más que el horizonte y el naufragio. No siempre la tierra está firme bajo mis pies y lo confieso, no entiendo nada el tiempo y el corazón de los hombres. Es cierto que contamos con el discurso de los retóricos y todos los sueños donde los hombres conservan los paraísos olvidados, aunque prefiero la siesta, ese momento único en que puedo meterme bajo las sábanas y ver de nuevo al muchacho correr en un campo de trigo.